132.



Imagina y no des explicaciones a nadie.


131.


Nada más lejos de pensar que la imaginación sea la planta adormidera. Sirve para aplacar en ocasiones, pero, sobre todo, para fecundar nuestra capacidad de decisión creativa.

130.


Si hay cita a ciegas que no defrauda nunca ésa es la imaginativa. En nosotros está desarrollar luego su mundo de compensaciones que, desemboque o no en lo onírico, proporcionará el bienestar circunstancial que necesitamos en las horas bajas.


129.


Imaginar para no perecer.


128.


Toma, lee, mira, escucha. Percibe las cosas con la duda de si serán ciertas. No temas imaginarlas, si para ti es un recurso saludable. El efecto placebo de la imaginación discurre por los canales más ignotos de nuestro cuerpo.

127.


Distinguir lo que hay de sincero y lo que hay de falaz en las palabras.  De las ajenas y de las propias. ¿A través del ejercicio de la razón? Pero también por la intuición y sobre todo por el flujo constante de la imaginación. 

126.


La imaginación desarma al adversario. Pero también suele confundir al amigo.

125.


Parte de las cosas que se dicen y hacen, sobre todo desde instancias de gobernación y de autoridad, son inseguras, visionarias y engañosas. Sin embargo, ¿por qué depositamos tanta fe en ellas? O simplemente, ¿por qué las acatamos sin queja?


124.


Muchos temen a la imaginación. ¿Tan poco confían en ella?


123.


Encuentro casual entre amigos. Qué próximos (aparentemente) Qué apartados (de hecho) 

122.



Se pregunta de cuántos rostros está dotado el arte. Cuánto de rostro descarnado y cuánto de máscara hay bajo la epidermis formal de la creación artística.

121.


El arte como publicidad. El poder de las imágenes viene desde el principio de los tiempos no tanto para iluminar las mentes como para sujetarlas a las intenciones de los mismos patrocinadores del arte. 



120.


El arte como objeto a manipular. El arte como sujeto de insumisión.

119.


Pero el arte, ¿no es consecuencia de todo aquel mundo simbólico que va de la magia a las creencias animistas, y de los mitos a las representaciones religiosas modernas, y de las concepciones teológicas a nuevas visiones laicas del alma humana?  Acaso, pero trazando siempre un perfil autónomo y rebelde, la estética, más allá de las ideas que cundan en cada tiempo.


118.


Los seres imaginarios laicos arrastran todavía mucha impronta de los mitológicos y, en concreto, de los religiosos. Tienen encanto mientras manifiestan una traslación literaria y, en general, de expresión artística. Son perjudiciales cuando esas connotaciones cuya irracionalidad tanto nos seduce en la contemplación creativa se proyectan para adecuar la organización social, controlar las pautas colectivas e incidir en la conformación ideológica de los individuos. 

117.


Que lo que razones no lo impongas nunca a los otros. Primero piénsalo dos veces, para poner a prueba la razón y el razonamiento. Después, deja que el otro acepte o no tu propuesta. Probablemente él necesite un tiempo diferente para asimilar, simplemente porque su ritmo es distinto, su capacidad de asimilación más lenta y su estómago intelectual tenga otra contextura.
  

116.


¿Cuánto es tangible y cuánto imaginado, o deseado, en las horas vividas cada día? Computarlo y medirlo nos asombraría. Hagamos la prueba.


115.


Que lo que imagines no lo impongas jamás a los otros. 

114.


No te apoques si lo que escribes es imaginario y te apetece creer en ello. También es parte de tu autobiografía.

113.


El ser humano se ha rodeado de seres imaginarios a lo largo de toda su historia. Antes porque los necesitaba para sostenerse en medio de tantas adversidades. Hoy para no ceder a la abulia. Y siempre para gozar de la recreación. A través de lo imaginario el humano mortal se genera por una segunda vez.  En esta ocasión como producto imaginario de sí mismo. 

112.


No me puedo permitir un dios. Sería una frivolidad a estas alturas.

111.



¿Quién dijo torpes? Controlan los gobiernos los más listos. Los gestores próximos no suelen ser sino mandados. Refrendados por otros mandados, nosotros, de estamento inferior. Nuestros gobernantes visibles son como mucho cachicanes de la finca o pastores de rebaños. A los verdaderos hacedores de las vidas humanas y sus destinos apenas se les ve desde nuestro ángulo de la geometría social.

110.


Una voz en off con sorna, ante mi comentario anterior: prueba a ver si tú lo haces mejor, listo. No. Precisamente porque soy consciente de mis deficiencias no me metería en camisa de once varas. Es decir, a gestionar lo ajeno. Tampoco me apura ansia alguna por creerme importante ni para ingresar en el gremio de los vanidosos ni los influyentes. Mucho menos por aprovecharme de la coyuntura pública para sacar provecho personal, que es lo que se lleva.

109.


Nos gobiernan siempre los ignorantes, sin duda. Si bien ellos no admiten que lo son. Controlan amplios espacios, gestionan territorios complejos y disponen de abundancia de mecanismos no aprovechados correctamente, todo ello respaldado por resultados electorales relativos y estrechos. El resultado suele ser la incapacidad para resolver. Incapaces de reconocer sus deficiencias la gestión pública está cada vez más abocada a la ausencia de resultados beneficiosos para el común. A éste, el ciudadano de a pie, solo le queda el desasosiego y  la impotencia de tener que soportar tanta mediocridad.

108.


Hartazgo a causa de escuchar constantemente el mantra obtuso de que si energía positiva o que si energía negativa. Fruslerías. No hay más que una clase de energía. La misma que generamos o que desechamos. Como mucho se trata de la misma energía que se utiliza para obtener el bien y que se desencadena para perjudicar. 

107.


Planeamos con el máximo de datos lo que vamos a hacer los días siguientes. La voluntad con que tratamos de corresponder a las previsiones no siempre es premiada con el éxito. La vida cotidiana es un constante ejercicio de levantar y desalojar pequeñas cabañas de intenciones.

106.


Falso dilema. Por una parte el pasado es un estado de pérdida, para siempre. Por otra, el futuro no es un estado real sino como mucho probable. Vivimos en un dilema equívoco entre dos nadas. Nuestros salvavidas son el recuerdo, en un caso, y las previsiones, en otro. Y siempre, la espera.



105.


Quienes recurren machaconamente a la exaltación de sus raíces, ¿no será que desconfían de su futuro?

104.


Desprecia a quienes evocan la muerte. Detesta a los que la invocan.

103.


En parte te explicas por tus raíces, pero ¿en qué parte de ti se reconocerían tus raíces?

102.



¿Dices que quieres crecer sin romper con tus raíces? Muchos lo han intentado, pero solo han hecho de su vida un manojo de raíces mayor. 


101.


El paisaje es siempre ilimitado. Pero el cansancio limita al viajero que contempla el paisaje y quiere seguir disponiendo de él.

100.


¿Eran todas las costas que Odiseo divisó, y en las que recaló, su costa? Lo eran, sin duda. Nunca hay una sola meta. Mientras las recorrió supo que para el navegante audaz no hay principio ni fin.

99.


Miente (se miente) porque las palabras le parecen a veces muy gruesas. Debería aceptar que el naufragio es algo probable cuando la navegación se impulsa en exceso y no se endereza el rumbo. Demasiados vientos, unos cuantos monstruos y poco conocimiento del calado pueden provocar la deriva fatal. Cuando tampoco se tiene claro hacia qué costa dirigirse el náufrago se aferra a cualquier costa. Luego ya se verá.

98.


Demasiado optimista, dice no creer en los naufragios. Si nunca fue náufrago ¿por qué iba a sentirse tal a estas alturas de su vida? Su otro yo le susurra: ve a saber lo que vendrá.

97.


¿Al pairo del azar? Por qué no. Que los vientos soplen y le lleven a costas desconocidas.


96.


Prefiere la geografía de los cuerpos. No tanto la visible como la oculta. Aquella cuya capacidad por la sorpresa destaca su admiración irresistible.

95.


Prefiere los accidentes geográficos a la geografía de las naciones.

94.



Aquel hombre hablaba tanto y tan constantemente de la muerte porque pretendía desprestigiarla. Así la voy demorando, aclaraba, porque ella me escucha. Según iba haciéndose más viejo sus amigos, los que iban quedando, le decían: lo estás consiguiendo. Y él, ufano, respondía: y si es posible pretendo abolirla. Se pasó la vida entera en el empeño. Si al principio criticaba con cierta corrección a la muerte más adelante no dudó en denigrarla, actitud asombrosa que a la muerte, que le oía siempre, le producía gracia y la vez tristeza, pero que siempre la descolocaba. Desaparecieron todos sus amigos y gran parte de familiares de su edad, y él no cejaba. Consciente de tal esfuerzo meritorio, la muerte, sabiendo que no podía hacer una excepción, le premió con el mejor de sus rostros. Cuando agonizaba el hombre, con una sonrisa, alcanzó a decir a la muerte: te he vencido. Admirada de la inocente soberbia y de la entrañable resistencia del hombre, la parca le premió con lo que algunos llaman la buena muerte. Cuentan que la muerte, que no tiene sentimientos, aquel día lloró.


93.


Aborrecí siempre las disquisiciones con conclusiones equívocas acerca de la muerte. Las practicaban en demasía los clérigos en sus admoniciones espirituales. Ejemplos muy ilustrativos, convenientemente manipulados, para generar angustia. A cambio ofrecían la iniquidad de la promesa de su falso cielo. Creo que aún se practica ese subproducto del artificio en diversas religiones.

92.


Es fácil y cómodo parlotear sobre la muerte. Siempre es una ficción. 

91.


A veces pienso si no será la muerte la que nos hace sobrevivir, y no la vida en sí misma. No se explica, si no, el historial de violencia de la humanidad y cómo unos seres se erigen en supervivientes sobre los cadáveres de los demás. ¿No es lo mismo que acontece en las otras especies animales?


90.


Vivimos aferrados a un sentido de propiedad extrema sobre la vida. Nada que objetar. Sin embargo incurrimos en la contradicción de maltratarnos a nosotros mismos, de perjudicar a otros y de llegar también hasta el extremo de arrebatar ese derecho de propiedad a quien se nos ponga por delante, llegado el caso. Normalmente, esta tropelía última la mayoría de los individuos la ejercitamos por mediación. Delegando. A través de una guerra, para la cual damos carta blanca a los más infames de nuestra sociedad.


89.


Nunca he sabido por qué tenemos que hacer uso del lenguaje, del pensamiento o de la razón, mecanismos todos útiles en y para la vida, para justificar un acontecimiento que no necesita ser explicado. Es decir, nuestra desaparición. Sin más.

88.


No hay nada cierto en que alguna vez, después de morir, seamos otra cosa. La materia única que fuimos mientras existimos muere con nosotros. No hay más. Si nuestros restos, adquieran la forma que adquieran, dan lugar a nuevas combinaciones con la naturaleza a mí me da igual. Eso no implica que yo sea un nuevo ser. No hay segundas oportunidades. Ni falta que hace.

87.


Ignorar la muerte es desconocer la vida.


86.




Armonía corporal: cuando los sentidos y la conciencia juegan la partida de la levedad.

85.


Creemos ser jefes de nuestro cuerpo cuando no somos sino frágiles siervos.

84.


Cómo entienden las bacterias que regulan el otro corazón del hombre, el sinuoso y subterráneo, antes de que proceses el razonamiento y controles tu inquietud.


83.


Esa capacidad de comprender con sinceridad y en todas sus dimensiones el mundo que te afecta reside en tus intestinos.

82.


El primer ejercicio de pensamiento del día se expresa con las tripas. Mi otro yo, celoso guardián de la mente racionalista: ¡blasfemo! Yo, justificándome: son las primeras que detectan el día que va a venir antes de que el hombre se ponga en marcha.

81.


El pensamiento, feliz e impuro transeúnte del silencio. El no pensamiento, sumiso esclavo del ruido. Que me perdonen los budistas mi antitética interpretación.



80.


Desenmascarar el ruido, es decir las filosofías huecas, los principios comúnmente admitidos, los dogmas y demás secuelas de las doctrinas religiosas, la hojarasca laica, la costumbre y la tradición tan sacramentadas que bloquean cuando no impiden el fluir del silencio. Pero, sobre todo, desenmascarar la publicidad arrasadora y extensiva de nuestros días.

79.


Lamento desilusionar. Los sueños tampoco son el silencio que urgimos. Acaso ni siquiera un sustituto. Los sueños son la continuación del ruido exterior.

78.


¿La muerte como auténtico silencio? No tiene mérito, no vale. Ya no se da la instancia humana. Para que el silencio tuviera valor debería darse en el organismo, no ignorando definitivamente el cuerpo.


77.


Hay quien trata de aproximarse al silencio como retención y, en un esfuerzo por sublimarlo, como perfección. Qué retiene y qué percibe perfecto dentro de sí, cuando es un hecho que no para ninguna de las funciones vitales, es un enigma.


76.


El silencio, producto siempre de nuestra imaginación. Una imaginación, no obstante, necesaria.

75.


El silencio es la emulación del vacío. Pero ¿qué garantía tenemos de que el verdadero vacío, el del cosmos, no sea ruidoso? En ese caso y ante la duda limitémonos más bien a pensar que el silencio es simplemente la simulación del vacío.


74.




Hartura de la politiquería, innoble sustitución -prostitución- de la Política.


73.


¿Cómo? ¿Que crea en los símbolos? Los símbolos son la caricatura de los ídolos. Si no quiero adorar a estos, ¿cómo podría hacerlo sobre unas representaciones deleznables?

72.


Urgencia a medida que avanzamos en edad: evitar el vaciamiento de la capacidad de emocionarnos.

71.


Leer, escribir, por elemental placer y compensatoria satisfacción. Huyendo de las obligaciones, rechazando lo que no nos pida el cuerpo mental. Sentir que habitamos junto a lares protectores. Dejándonos incentivar por el fuego que se genera naturalmente.


70.


Sé del caso de un adulto que muriéndose de verdad no quería creérselo y sacaba energía de la que carecía. ¿Trataba de seguir la dialéctica del juego infantil pero a la inversa? Feliz rememoración si le fue útil. Bendita emulación si murió de verdad como si aún jugara a vivir.


69.


Juego inquietante. Hacerse el muerto ponía a prueba la capacidad de representación ficticia de los niños. Mientras uno se hacía el muerto los demás montaban una escenografía de llantos o de preocupación, ¡ejecutaban el drama! El problema venía cuando se traspasaba cierta frontera. Había un niño que lo hacía tan bien, que mantenía rígido todo su cuerpo, que contenía la respiración con tanto arte, que resistía las cosquillas, que no movía un músculo facial, que se volvía más pesado e inerte cuando se le decían chanzas primero y se le zarandeaba después para que saliera del falso éxtasis, que lograba preocupar y causar desasosiego y llantina a algún que otro chico o chica que participaban en el juego.


68.


Juego de infancia. Hacerse el muerto.

67.


La palabra y el lógos deben (deberían) ser siempre muy sensoriales. Que lo que escribamos y, por supuesto, cuanto leamos, sean cada vez más efecto de nuestros sentidos, una derivación de los cuales es el discurso, la reflexión racional o simplemente emitir opiniones de manera instintiva.

66.


Valora del autor aquella parte que te alimentó de cuanto escribió. Descubrimiento de otros mundos, aprecio a otras culturas, sentido permanente del ejercicio de la crítica, valor moral de la disidencia. Si todo ello aún sirve para la introspección sobre la vida contemporánea, en tiempos en que todo se reduce cuando no se aniquila, estímalo y siéntete a gusto.

65.


Noticia de la desaparición del escritor octogenario que vivía en Marrakech. Uno de los pocos autores que quedaban vivos, si es que aún queda alguno más, de los que has leído durante toda tu vida. Pregúntate qué aprendiste de lo que escribió. 


64.



Ejercicio sin prisa que me impongo: reflexionar con más receptividad y precisión sobre el alivio que pueden proporcionar algunas personas ante el fin de la vida.

63.


También he escuchado relatos de mujeres que habían sido enfermeras en la guerra a las que recurrían los moribundos para recabar la ternura maternal imposible. La ternura ausente reclamada a mujeres desconocidas poco antes de morir. Y aquellas mujeres siendo capaces de conjurar la miserable situación final de los heridos en su estertor.

62.


He oído a personas nonagenarias en situación ya cercana a la muerte invocar a la madre.

61.


Todos los ídolos tienen los pies de barro (Símil. Estén hechos de mármol, de forja o de madera noble, o de idearios y catecismos abstractos) Sólamente hay uno que cumple su cometido con total constancia y proporciona máxima seguridad: la madre. Si de los ídolos de poca monta se esperan milagros o dones que no suelen obtenerse, de la madre cabe la salvación. Es el verdadero puente e interlocutor con la naturaleza, la exterior de la que procedemos y la que se genera y desarrolla dentro de cada uno de los hombres.

60.


La madre, el primer tótem que adora sin remilgos el individuo nada más nacer.

59.


Oigo hablar con frecuencia del efecto placebo (de medicamentos, de pseudomedicinas, de recursos mentales varios) Para efecto placebo seguro el primer afecto recibido de la madre (ternura, cuidados, protección)


58.


¿No sería más atractivo escuchar del otro que siente como tú sientes? No siempre sabemos distinguir pensar y sentir. Intuyo que sentir como el otro todavía es más complicado, pues el mundo de las sensaciones no se nutren del razonamiento.


57.


Abandono por cansancio a pensar como piensa el otro. Tan retorcidas son las cuestiones que nos inquietan.


56.


Resistencia a creer a aquella persona que dice pensar como tú. Cada tema y argumento están repletos de derivaciones enmarañadas con las que no sabríamos y probablemente no podríamos identificarnos. La pregunta correcta sería entonces: ¿en qué parte de la urdimbre pensamos de la misma manera?



55.


Escribir para nuestra propia prospección. Dejar que el lógos habite y crezca en nosotros. Eso sí, con toda su impedimenta de emociones.

54.




La vida ordinaria nos trasunta a todos y cada uno en cierto modo en personajes ficticios. Hay un papel, una tramoya, un escenario, un atrezo, un vestuario, un maquillaje y un patio de espectadores, más o menos abundante, alrededor. ¿Que es al revés? ¿Que el teatro copia de la cotidianidad y reproduce con tintes variados su desarrollo? No estoy seguro. Nos gusta sentirnos personajes aun sin que no nos reconozcan como tales. Reproducimos la vida dos veces. Por la inercia de sus acontecimientos y como farsa.

53.


Que no soy un personaje de ficción es obvio y fácilmente demostrable. Pero ¿por qué a veces me lo parece?


52.


Descubrir con asombro en un libro pendiente de leer la dedicatoria afectuosa del autor. Con una frase sintetiza el argumento. Descubre de qué va. ¿Incita a la lectura o desplaza el interés? No tiene mayor importancia. La aparición del nombre del dedicado -mi nombre- hace creer que la novela no se había terminado en la última página. ¿Seré de esta manera un personaje añadido más?

51.


Sobreaviso acerca de la tendencia y riesgo a vivir más las palabras que aquello que designan las palabras.

50.


Esa persona que se resiste a responder a nuestras preguntas curiosas. Que tal vez tema revelar de sí a un desconocido lo que éste considera insignificante pero que el interrogado ve como parte de su peculiar mundo a preservar. 


49.


Pasamos de la escasez a la abundancia en el uso de la palabra y luego nuevamente retornamos a la parvedad. Hasta que recalamos en ese justo punto, en expresar únicamente lo necesario. Buscamos que la palabra diga -acierte- en su adecuada propiedad. Aunque no lo consigamos.


48.



Gustar de palabras concisas, como si todavía fueran gestos, sensaciones. 


47.


Lejos todavía las palabras que enuncian conceptos, y no solo cosas. Ya llegarán envueltas en la bruma y en la dificultad de distinguir su senda. Arduo esfuerzo que el niño tendrá por delante para saber qué quiere decir aquello que es intangible, que no se toca ni se deja tocar.




46.


Las primeras palabras de un individuo al cabo de un tiempo de nacer son de utilidad. Para pedir y para comprender al que pide y lo que pide. Cuanto más precisas, más valiosas, y más cómodas para todos. Pero su concreción no siempre es lineal, de una dirección única.  A partir de ese descubrimiento el niño que se va haciendo menos elemental se confunde. ¿Que las palabras tienen más de un rostro? Saber ver y encontrar las palabras adecuadas es un juego, también una batalla.

45.


Tener más edad, mucha edad, y seguir hablando instintivamente. Como si se hiciera por primera vez.

44.


Admirable sencillez de aquellas palabras que nos enseñaban para designar objetos, personas, lugares. Atención: la sencillez no implicaba simplicidad más que en la mente del niño. Los lugares eran intrincados muchas veces, las personas difíciles y los objetos complejos. Los ojos de un niño tan solo veían una cara de la geometría de la vida. Ésta demasiado poligonal y cargada de aristas afiladas como para que un niño pudiera distinguir y menos calcular su dimensión. 


43.


¿Cuándo empieza un individuo a distinguir las palabras? Pregúntate más bien en qué orden se van conociendo y, principalmente, con qué intención.


42.



Las primeras palabras. ¿Qué fue de las primeras palabras?


41.


Antes que la palabra fue el gesto. La cría no necesita sino la actitud gestual para sujetar la teta materna. A veces, si no es atendido cuando lo requiere, reclama con frágiles pero intensos sonidos guturales. Un gesto que pide exige otro gesto que da.


40.


La palabra es también, o sobre todo, hija de la necesidad.


39.


Preguntarse sobre el valor de las palabras emitidas. También sobre el de las palabras pensadas. Comparar. Obviamente podría enfocarse de otra manera. Preguntarse sobre el interés de los pensamientos pronunciados, también sobre las palabras que no pasaron de ser más que pensamientos.


38.



Aquella vez que enseñamos a hablar a nuestros pensamientos.


37.


Palabras que se pronuncian y palabras que se ocultan en nuestro interior. ¿Cuál de las dos clases sufrirá más desgaste?



36.




¿Un diario de fragmentos? Más bien un diario de ráfagas. También a saltos; no siempre la claridad llega por el destello.


35.


La invención, ese mundo paralelo donde sentimos con intensidad análoga al que nos llega por inercia física. En ocasiones con dificultades para distinguir en cuál de ambos vivimos más ubicados, y sobre todo con dudas sobre cuál de uno u otro necesitamos más.

34.



Escribir de uno mismo, siquiera como si fuera imaginado. Al fin y al cabo vivimos tanto o más lo fantaseado que lo sentido.


33.


Se supone que un diario debe ser una relación de hechos. Incluso de los soñados. Pero ¿y si lo es de percepciones y, dándose el caso, también de intuiciones? ¿No valdría como diario?